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jueves, 9 de enero de 2020

No lo pienses ahora, ya te vendrá: la memoria puede depender de la hora del día.


No lo pienses ahora, ya te vendrá: la memoria puede depender de la hora del día.

A todos nos ha pasado: intentas recordar algo, y no hay manera. Simplemente, no te viene a la cabeza… hasta algunas horas más tarde, en las que casi sin esfuerzo eres capaz de recordar eso mismo, o incluso cosas más complejas. Pues bien, parece que la razón está en la actividad de un gen.
Pero antes de entrar en detalle, dos apreciaciones importantes. El estudio del que vamos a hablar se centra en conocimientos que tenemos y que no somos capaces de recordar, no en memorias que no hemos generado. O dicho de manera muy simple: por qué nos cuesta recordar la letra de una canción que nos sabemos, no por qué no recordamos el nombre de una persona que nos acaban de presentar y que no hemos llegado a memorizar.
Y lo segundo, que el estudio se ha realizado en ratones. El patrón general, la existencia de un mecanismo biológico, es igual entre ellos y nosotros. Pero tal vez los genes implicados no sean exactamente los mismos.
La idea en la que se basa el experimento es sencilla: que la capacidad para recordar cosas depende del momento del ciclo diario – el famoso ciclo circadiano – en el que nos encontremos. Principalmente, porque la actividad de los genes depende de este ciclo, y la memoria de ciertos genes.
Así que los investigadores seleccionaron dos tipos de ratones. Los primeros, de una cepa “salvaje” o sin modificar, para compararlos con una cepa que carece del gen BMAL1 que se encarga de regular otros muchos genes.
Bien, ya tenían los ratones. Pero necesitaban trabajar con un recuerdo seguro, con algo que supiesen que todos los ratones deberían recordar. Así que les presentaron, a todos y cada uno de los ratones, una estructura nueva para ellos. Y les dejaron el tiempo necesario para que se familiarizasen – que es fácil de reconocer: cuando dejan de hacerle caso, es porque ya lo han “interiorizado”.
Esta parte del experimento la llevaron a cabo algo antes de la hora normal de despertarse de los ratones – entre una y dos horas antes – que es el momento del ciclo circadiano en el que de manera natural hay menor concentración de BMAL1.
A partir de este punto, dividieron a cada grupo de ratones en dos subgrupos. A los del grupo “mañana” les volvieron a presentar la estructura 24 horas después de hacerlo la primera vez. De nuevo, en el momento en que en los ratones salvajes hay menos BMAL1.
Al grupo de la tarde les obligaron a recordar la estructura doce horas después de despertarse, el momento en el que los ratones salvajes tienen el máximo de BMAL1, y que por lo tanto sería el momento de mejor memoria.
Los resultados fueron claros: los ratones que mejor recordaban la estructura eran los que podía producir BMAL1 y debían recordar a las 12 horas de despertarse. Entre el resto de ratones, no existían grandes diferencias.
Así que la conclusión parece clara: la memoria funciona mejor en determinados momentos del día que en otros, y la razón está en la regulación de nuestro cuerpo. Así que, si no somos capaces de recordar algo que deberíamos saber, lo mejor es dejar pasar unas horas, que ya nos vendrá.